
Cuando era niño solía pasar las tardes de los sábados disfrutando del programa doble de algún cine de barrio (sobre todo en el Finisterre). Normalmente proyectaban juntas una de vaqueros y otra de romanos. Hoy he descubierto lo subordinada que está la sociedad actual con el Derecho Romano y lo mucho que ha influido la tradición romanista en nuestra cultura. Por ejemplo, cuando alguien —mientras habla por teléfono— dice eso de “me estoy quedando sin batería”, en realidad quiere decir que se está quedando sin batería el teléfono por el cual está llamando y no él, como es obvio.
La razón es que tendemos a identificar la propiedad con el objeto sobre el que recae. Así, cuando yo afirmo: “voy a producir mi película”, en realidad quiero decir, para ser exactos, que “voy a producir la película que constituye el objeto de mi derecho de propiedad”. Estas cosas son las que se aprenden cuando se comparte una hora de automóvil con tu abogado (bueno, con el abogado que representa tus derechos, quiero decir).
Aclarado esto, yo siempre he preferido el western a los peplums —westerns con espadas en lugar de pistolas—, así como el uso del llamado “plural de modestia” (que algunos confunden con el "mayestático", dignidad de papas y reyes) en lugar del egocéntrico y soso ponombre singular de primera persona: “vamos a producir nuestra película” porque, al fin y al cabo, algo tan complejo como una producción cinematográfica, depende de la voluntad de muchas personas, agentes sociales, medios de comunicación, instituciones, entidades financieras y, por supuesto, profesionales.
En esto estoy de suerte: hay mucha gente interesada ya en poder ver pronto en pantalla “Los muertos van deprisa”.
Sed felices.